Sequedad cutánea: un problema invernal

La piel, en condiciones normales, tiene una potente función barrera que evita la pérdida a través de la dermis de agua. Uno de los principales elementos de la piel que evita esta deshidratación es un manto graso que recubre la parte externa de la piel. Cuando este manto es normal, es lo que comúnmente llamamos una piel nutrida. Si además de nutrida, la piel (en todas sus capas)  tiene suficiente cantidad de agua, será una piel hidratada.

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En condiciones medioambientales extremas de baja humedad y de viento, como las que se producen durante el invierno, el manto graso puede alterarse, la pérdida de agua se acentúa, y la piel por tanto puede verse afectada.

Xerosis (o sequedad) de invierno

Cuando la pérdida de agua excede el porcentaje que la dermis (capa interna) puede reponer, se produce un desequilibrio y la piel se deshidrata. Disminuye el contenido de agua de la capa más externa y aumenta la descamación.

La protección que ejerce la piel estará determinada por su estado de salud. Una piel sana y cuidada con tratamientos cosméticos adecuados será menos susceptible de padecer estas anomalías. Si el contenido de agua de la piel es bajo, los lípidos que contienen la piel en estado natural y los aportados por cremas nutritivas, en vez de ordenarse en bicapas que retienen agua, pasan a desordenarse formando aglomerados sólidos, de modo que no son capaces de retener agua y, por tanto, resultan más permeables. Se genera así un círculo vicioso donde cada vez se pierde más agua, y las sustancias tóxicas y los radicales libres penetran también a través de esta deteriorada barrera.

Vasoconstricción-vasodilatación

Los vasos sanguíneos, por el efecto del frío, se contraen para mantener el calor; el aporte de sangre y oxígeno a los tejidos disminuye, lo que conlleva una ralentización de la descamación natural, la acumulación de células muertas y un descenso de agua en la epidermis, ya que las células muertas no son capaces de retener agua.

La continua vasoconstricción-vasodilatación que generan en los capilares los choques térmicos (tan frecuentes en invierno, pues a menudo pasamos de lugares muy calentitos con calefacciones muy altas a otros con un frío helador) provoca que algunos de los capilares se dilaten incluso de forma permanente, o que aparezcan rojeces en la piel. Estos choques térmicos pueden agravar patologías como la rosácea o la cuperosis, que se manifiestan principalmente en las mejillas y las alas de la nariz.

Sequedad

La falta de humedad disminuye la actividad de las glándulas sebáceas (encargadas de nutrir con lípidos la piel), el escudo protector de la piel se debilita y las agresiones externas son más violentas. La aspereza está garantizada. Esto se manifiesta por una sensación de sequedad y de tirantez en la piel y por la aparición de escamas finas con una rojez alrededor de los bordes que origina picor.

Falta de luminosidad

El menor aporte de oxígeno, la acumulación de células muertas y la deshidratación son causantes de otro de los problemas invernales: el aspecto cetrino y la falta de luminosidad del cutis, que dan lugar a un cutis apagado.

Ojeras

El color de la piel se debe a la melanina, la sangre y otros componentes ésta. La temperatura también influye en el color de la piel. Cuando la piel está caliente, el flujo de sangre es rápido y la piel se pone sonrosada; en caso contrario, se muestra azulada. Estas diferencias de color se acentúan en la zona ocular por el poco espesor de la piel.

Labios

La piel de los labios es fina y delicada. Debajo de la piel hallamos la musculatura, el tejido neurovascular y el tejido mucoso y submucoso, donde se encuentran las glándulas salivales que mantienen los labios húmedos. El frío, el viento y la sequedad los resecan y deshidratan, ya que los labios no tienen glándulas sudoríparas ni sebáceas.

Hidratarlos con bálsamos protectores con FPS (factor de protección solar) es la mejor opción para que se mantengan sanos todo el invierno.

Las manos

Junto con el rostro y los labios, son las zonas de nuestro organismo que más sufren las consecuencias del invierno, ya que son las más expuestas. La piel del dorso de las manos tiene un vello muy fino y pocas glándulas sebáceas (a diferencia de las palmas, donde el tejido celular subcutáneo es muy rico en fibras y grasa).

Por ello, su manto graso es muy lábil y tienden a la sequedad. Con los continuos lavados, el frío y el viento, el manto ácido se pierde y las glándulas sebáceas no pueden reponerlo de forma eficaz. Su escasa retención de agua es consecuencia de tener una capa córnea y una dermis muy finas.

Por eso en invierno es imprescindible proteger las manos con cuidados específicos.

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